LAS MUDANZAS
Mi familia siempre se estaba mudando. Al menos, desde que tengo memoria. No obstante, quiero aclarar quelas mudanzas no se debían a desalojos por falta de pago, sino a otros motivos, quizá más absurdos pero menosvergonzantes. Confieso que para mí ese renovado trajín de abrir y cerrar cajones, baúles, grandes cajas,maletas, significaba una diversión. Todo volvía a acomodarse en los armarios, en los estantes, en los placards*,en las gavetas*, aunque buena parte de las cosas (no siempre las mismas) permanecían en los cofres y baúles.La nueva casa (nunca éramos propietarios sino inquilinos) adquiría en pocos días el aspecto de morada casidefinitiva, o por lo menos de albergue estable, y pienso que eso era lo que mis padres sinceramente creían,pero antes de que transcurriera un año mi madre y/o mi padre, nunca ambos a la vez, empezaban a sembrarcomentarios (al comienzo sutiles, pero luego cada vez más explícitos) que en el fondo eran propuestas de unnuevo cambio. Por lo general, las razones invocadas por mi padre eran la falta de sol, la humedad de lasparedes, los corredores muy angostos, el alboroto exterior, los vecinos que fisgoneaban, etcétera. Las aducidaspor mi madre eran más variadas, pero normalmente figuraban en la nómina motivos como exceso de sol,sequedad en el ambiente, espacios interiores demasiado amplios, incomunicación con los vecinos, calles sinmovimiento, etcétera. Por otra parte, a mi padre le gustaba la tranquilidad de los barrios periféricos, en tantoque mi madre prefería la agitación del Centro. No teman. No les voy a contar toda la historia de mis casas, sino a partir de aquellas en que me pasaron cosasimportantes (o, como dijo el poeta, en un arranque de genial cursilería, “cosas chicas para el mundo / perograndes para mí”). Nací en una casa (planta alta) de Justicia y Nueva Palmira, en la cual, como excepción,vivimos tres años. Tengo pocos recuerdos, salvo que había una claraboya particularmente ruidosa cuando sela abría o cerraba, algo que no acontecía con frecuencia ya que la manija, situada en la pared del patio, eradurísima y sólo podía funcionar mediante el esfuerzo mancomunado de dos personas suficientementerobustas. Además, los días de lluvia la dichosa manija propinaba unas terribles patadas de corriente eléctrica,de modo que aquella claraboya sólo podía abrirse o cerrarse en tiempo seco. Luego, sin abandonar el barrio, nos trasladamos a Inca y Lima. Allí lo más recordable era el inodoro, puescuando alguien tiraba de la cadena, el agua, en lugar de cumplir su función higiénica en el water, salíatorrencialmente del remoto tanque empapando no sólo al infortunado usuario sino todo el piso de baldosasverdes. Después nos fuimos a Joaquín Requena y Miguelete, donde había más ruido callejero pero el inodorofuncionaba bien y no era imprescindible hacer las necesidades con impermeable y sombrero. De esa casa,bastante más modesta que las anteriores, sólo merece ser evocada una vitrola, en la que mi madre, cuando mipadre estaba ausente, ponía un disco con clases de gimnasia que siemprearrancaba con una voz muy castiza: “¡Atención! ¡Lisssssto! ¡Empeceeemos!”.Y mi madre, obediente, empezaba. Yo, que ya andaba por los cinco ymedio, la admiraba mucho cuando se tendía en el suelo y levantaba laspiernas o se ponía en cuclillas y estiraba los brazos, ocasiones en que solíadesmoronarse hacia un costado, pero yo creía que eso también eraordenado por el gallego del disco. (Debo aclarar que sólo pude identificar elacento de aquel animador muchos años después, concretamente una tardeen que hallé aquella reliquia de 78 rpm en un baúl y la volví a escuchar enun tocadiscos.) De todas maneras, la aplaudía con ganas, y ella, cuandoterminaba la lección oral, en reconocimiento a mi comprensión y estímulo,me alzaba en brazos y me daba un beso, más sonoro pero menos agradableque otros ósculos maternales, ya que, como era previsible después de tanta calistenia, estaba espantosamente sudada. La siguiente vivienda (más modesta aún) estaba en Hocquart y Juan Paullier. Quedaba a sólo cuatro cuadras dela anterior de modo que no fue fácil conseguir un camión que aceptara encargarse de una mudanza de tancorto recorrido, algo que a mi padre, con toda razón, le parecía absurdo, ya que las faenas de carga y descargaeran las mismas que si la distancia fuera de quince kilómetros. Por fin apareció un camionero que, gracias auna buena propina, se avino a un desplazamiento tan poco tradicional, pero su malhumor y el de sus doscolaboradores fue tan notorio, que a nadie le sorprendió que un ropero perdiera todas sus patas menos una, yun espejo se escindiera en dos lunas: una menguante y otra creciente. En el nuevo domicilio estábamos unpoco apretados y casi siempre comíamos en la cocina. Lo mejor de la casa era la azotea, que virtualmente comunicaba con la del vecino, y donde había un perro enorme, que a mí me parecía feroz y que se convirtióen mi primer enemigo. Para peor, las pocas veces que yo subía, el pobre animal gruñía casi por compromiso,pero no bien advertí que estaba sujeto con una cadena, yo también, en el primer signo de cobardía de quetengo memoria, decidí gruñirle, y aunque mi alarde resultaba apenas una caricatura, debo admitir que nocontribuyó a que mejoraran nuestras ya deterioradas relaciones. Hubo más casas en aquellos tiempos. Siempre por los mismos barrios: Nicaragua y Cufré, Constitución y Goes, Porongos y Pedernal. A esas alturas, los cambios de domicilio ya obedecían a una obsesióncorporativa. Las mudanzas habían pasado de la categoría de pesadilla a la de ensueño. Cada vez que unanueva vivienda aparecía en el horizonte, pasaba a ser, con sus luces y sus sombras, una utopía, y cuando por fintraspasábamos el nuevo umbral, aquello era como entrar en el Elíseo. Por supuesto, la fase celestial caducabamuy pronto, verbigracia cuando un trozo del cielo raso caía sobre nuestros cappelleti alla carusso o una disciplinada vanguardia de cucarachas invadía la cocina a paso redoblado en medio de los histéricos alaridosde mi madre. Sin embargo, el hecho de que un mito se desvaneciera en la niebla de nuestras frustraciones, noimpedía que todos empezáramos a colaborar en un nuevo borrador de utopía.
Primer capítulo del libro "La borra del café" de Mario Benedetti